La partida de la muerte

Ajedrez. Ilustración de Antón Busto
Ajedrez y Artes

Sesenta y cuatro casillas y un número casi infinito de posibilidades en un campo de batalla claro oscuro, donde las piezas esculpidas en madera emergían tenuemente iluminadas por las luces del salón. Utilizando ese tablero se enfrentaban dos rivales, el hombre con blancas representado por un viejo gran maestro internacional y una computadora de última generación con negras, en una partida pactada sin límite de tiempo, donde la computadora tendría la obligación de contestar en el mismo lapso empleado en su jugada anterior por el hombre. Se trataba de un mach que tendría como límite la muerte y que había sido propuesto por el gran maestro que ya tenía 70 años.

Era un desafío muy difícil y había afirmado que vencería a la computadora, regulando su tiempo de reflexión y análisis hasta que se aproximara el tiempo de su muerte, teniendo en cuenta que las partidas de ajedrez pueden llegar como promedio a algo más de las 50 jugadas.

Luego de algunos años, se acercaba el final de la partida. La computadora había contestado con un seguro movimiento, realizando el análisis con su fuerza bruta de una infinidad de combinaciones posibles.

Había sido una precisa jugada que la conducía a una línea de respuesta que su programa ya había analizado y que seguramente la llevaría a un desenlace satisfactorio.

Le tocaba jugar ahora al anciano maestro. Pero éste, en cambio, no parecía tener prisa. El tiempo se había detenido en sus ojos y en el movimiento de su mano, que se alzaba leve sobre todas las piezas como si no supiera cual escoger. Realmente su situación no era del todo favorable. Se tomó todo el tiempo necesario para pensar y al final encontró la jugada genial y milagrosa.

Le tocaba jugar a la computadora y evidentemente para ella era una jugada no prevista y complicada para resolver y comenzó el análisis de las infinitas variantes que se producirían y después de varios días aún no había contestado y se acercaba el tiempo pactado que disponía para su movimiento.

Fue allí que el anciano sonrió para sus adentros, cuando se percató en un momento determinado, que un tenue y casi imperceptible hilito de humo había comenzando a aparecer de la carcasa de su adversario.

Néstor Quadri. Argentina

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